Por Eustaquio Soria
Qué afortunadas que son la luna y esa estrella que está al lado en el espacio aséptico. La noche de mañana volveré a mirarla y estarán allí, otra vez, guardando distancia celestial, misteriosa distancia.
Por Eustaquio Soria
Qué afortunadas que son la luna y esa estrella que está al lado en el espacio aséptico. La noche de mañana volveré a mirarla y estarán allí, otra vez, guardando distancia celestial, misteriosa distancia.
Por Eustaquio Soria
Esa mañana me despertaron los traqueteos del aparejo, los gritos de los albañiles de un piso a otro y el chocar apagado de maderas que ellos apilaban en la construcción. El rojo de los ladrillos, su asentamiento gris de la argamasa y las columnas de cemento se iban tapando con el revoque que vomitaba la máquina desde el andamio de altura, balanceándose allá arriba. ¿Mboy Ary añongatu va'erã ajogua hãguã ko oga ? (1)
Por Eustaquio Soria
Canta la cigarra en el verano de Buenos Aires.
Comienzan temprano con sus músicas, temprano sienten, intuyen, les llega el mensaje. No importa si el sol brilla o está nublado, las cigarras son tocadas por el calor, empujadas a brindar todo su arte en un escenario etéreo.
El día había comenzado como cualquier otro: en pueblos de una calle asfaltada y muchas de tierra; en pequeñas y grandes ciudades; en el campo arado; en la estepa patagónica o en los glaciares; en un sendero serrano y en la tierra roja del litoral. Los almanaques, todos, marcaban la misma fecha y el mismo día. La misma fecha que muchos pondrían en un papel al iniciar sus quehaceres.