Por Susana Basilico
Era siempre la primera en llegar a la escuela. Mientras las porteras preparaban el mate cocido, ella acondicionaba todo para que el aula luzca impecable. Ella también siempre lo estaba: su guardapolvo blanco sin una mancha ni arruga. Estoy segura de que se lo cambiaba dos o tres veces por semana. Su peinado, sencillo, también siempre estaba perfecto. Olía a lavanda. Cuando me acercaba a preguntarle algo ese perfume lo invadía todo, y confieso que muchas veces lo hacía solo por eso. A pesar de su rigurosidad y su disciplina era muy dulce la seño. Nos transmitía seguridad, luz, tranquilidad. Nunca levantaba la voz, mantenía un tono cordial y alegre. Esa voz dulce aunque severa quedó grabada en mi memoria. Eso sí, te mandabas alguna y te congelaba con la mirada. Era muy buena explicando matemática ¡sería que a mí me costaban tanto los números!...
