Por Liliana Leiva
En el ámbito de la lectura y la escritura muchas veces hablamos de la memoria voluntaria e involuntaria. La voluntaria provocada por el deseo o por la incitación al recuerdo. Hay un esfuerzo deliberado en ello. La involuntaria, en cambio, ocurre porque algunas señales de la vida cotidiana, individual o social, nos traen al presente esos recuerdos que ya están grabados en nuestra memoria. Una magdalena mojada en té, es un bello ejemplo, que Marcel Proust nos regala en su texto En busca del tiempo perdido. Pero ya sea que haya voluntad o no, existe la posibilidad real de mantener encendida y activa la memoria. Sólo hay que ejercitarlo. Pero, ¿cuándo y para qué? Bueno, siempre y para no olvidar aquello que nos configura como seres individuales y sociales.



